SOLO EN MI CASA ESTA NAVIDAD.....
Bullanguera y laberintosa, la Navidad vuelve a abrirse paso con su blanco y violento alud de luces musicales, descoloridos viejos pascueros, aburridos villancicos y atronadoras ratas blancas. En lo que a mí respecta y a este blog importa, esta será una nueva Navidad sin novia. La segunda consecutiva. Y, por ende, será una insípida Navidad sin regalos que valgan la pena.
Seamos honestos y dejémonos de vainas: cuando tienes 30 (31, en mi caso), la única persona que puede darte un regalazo es tu chica (en el supuesto optimista de que tengas una). Nadie más. Es ella la que te ha oído a lo largo de todo el año hablar de ese libro que tanto te gusta; o de ese afiche que quedaría perfecto en tu estudio; o de ese disco o esa película que te fascinan; o de ese reloj que vieron juntos un día en una tienda y no pudiste comprar porque no tenías plata.
Es ella la que se tomará el trabajo de ir a hurtadillas a adquirir algo especial para ti, en la sola ilusión de ver tu carota de sorpresa, tu babosa expresión de niño revejido rompiendo el papel de regalo. Es ella la que recorrerá los dos pisos del Jockey Plaza, uno a uno los puestos de El Trigal, los infinitos carriles de Wong, Metro y Tottus. Es ella la que reptará por los grisáceos pasadizos de Polvos Rosados y Azules, y peregrinará hasta el último nivel de las Galerías Persia y hasta el sótano de El Hueco si fuese necesario, con tal de que esta Navidad tengas el obsequio que te mereces.
¿Quién si no ella se tomará la molestia de conseguir el mejor regalo posible? ¿Tu mamá, tus hermanos, tus padrinos, tus primos? ¡Háganme el favor! Los parientes, por muy alta estima que le tengan a uno, solo saben regalar bobadas. Cuando tienes 30, las mamás, madrinas y hermanas no tienen idea de qué cuernos necesitas, ni cuáles son tus inquietudes cotidianas, y terminan comprando las mismas sonseras de todos los años: una colonia de baño, una crema aftershave, un polito con cuello V, un short que te queda grande (o que te queda cuete, pero jamás pintado), una ropa de baño que no te pondrás, unas sandalias pasadas de moda que se honguearán en tu clóset, o –-como todos los años–– un cumplidor paquete de tres calzoncillos de colores distintos (de esos que vienen en un estuche transparente, en cuya etiqueta aparece un tipo musculoso mirando al poniente con las manos en la cintura, como un capitán calato, como un adonis al que infructuosamente tratarás de imitar frente al espejo, metiendo la panza e inflando el pecho al momento de probarte esas diminutas prendas íntimas la mañana del 25).
Lo mejor que me podría ocurrir, por ejemplo, es que mi familia me regale un libro o una botella de licor, aunque también en esos rubros los parientes suelen ser erráticos: o te regalan los mismos best sellers literarios del siglo pasado o te dan un vino barato que sabe a purgante (y que muy probablemente les regalaron a ellos en el intercambio navideño de la oficina).
Sospecho que a estas alturas del post, los lectores puristas estarán maldiciéndome por ser tan ‘superficial’, frívolo e interesado. Y supongo que escribirán comentarios diciéndome que la Navidad es para los niños, que lo importante es pasarlo bien en familia, que los regalos son accesorios y secundarios. Claro, cómo no. Suena altamente desprendido ese discursito de Rey Mago, pero NO ES REAL. Todos queremos por lo menos un regalo en Navidad, queremos que alguien se acuerde de nosotros a través de un presente, aunque sea un par de medias, y quien no lo admita, me parece que miente.
Nunca faltan los tías y tíos cincuentones que juran y rejuran que no les importa recibir regalos. Sin embargo, hay que ver cómo se les deforma la cara de placidez y emoción cuando la sobrina que oficia de maestrita de ceremonias anuncia en voz alta que debajo del árbol hay, oh sorpresa, un regalo para ellos. O, en su defecto, hay que ver la cara de franca desilusión y desacomodo que se les escapa cuando concluye la repartición de regalos y no les tocó ni un jabón de tocador. Hasta los más aguafiestan desean secretamente que les caiga un obsequio, así que no me vengan con cuentos.
Insisto en mi tesis: cuando tienes 30 solo la novia es capaz de dejarte boquiabierto con su regalo. Además, cuando estás con novia en Navidad, apenas dan las 12 de la noche tienes la garantía de recibir una llamada. Timbra el celular y buscas algo de silencio en una esquina, lejos del ensordecedor festejo familiar, para oír los mimosos saludos de tu chica. Y entonces, bajo la estridencia de los cohetecillos y arrancadores que estallan en el cielo, ella y tú desarrollan un diálogo que bien podría ser como este:
–Feliz Navidad, gordo, espero que te haya gustado tu regalo. No sabes todo lo que me costó conseguir esa colección de películas.
–Me encantó, flaca, de verdad. Espero que el vestidito te haya quedado. ¿Ese era el que querías no? Si no, lo devolvemos mañana.
–No sabes, me quedó perfecto. Y la cartita me hizo llorar, lo máximo gordooo
–Nada, me salió del alma. Oye, aquí todos te mandan saludos. Ah, dice mi mamá que la caja de chocolates está buenaza...
–Mándale un beso también y dile que me guarde uno, jaja..
–Ja, ja… ya, pues, nos vemos mañana ah. Paso por ti temprano.
–De todas maneras, yo te espero
–Un beso, amor, Feliz Navidad de nuevo
–Igual, gordito, te adoro
–Yo también
–Chau
–Chau
Díganme si no es ridículamente conmovedor. Es Navidad y alguien que no es parte de tu familia se preocupa exclusivamente por ti y aprovecha para recordártelo con un regalo que nadie más te compraría y para llamarte de madrugada, y para hacer planes para el día siguiente. No es poca cosa.
En cambio, cuando estás solo, no te llama nadie. Ni el perro ––preocupado en aullar por el ruido de los fuegos artificiales–– te dedicará un puñetero ladrido. Dan las 12, la 1, las 2 y tu celular no suena ni por casualidad. A lo mucho, recibes un mensaje de texto, y cuando, todo emocionado, lo abres, pensando que alguna ex se ha acordado de ti, caes en la cuenta de que es un mensaje de la empresa de telefonía, deseándoles a todos sus usuarios que la paz reine en sus hogares durante todo el 2008 y recordándote que debes pagar la mensualidad antes de fin de año.
Cuando estás sin novia inviertes la Nochebuena en comer como un cerdo, en devorar tres, cuatro porciones de pavo con arroz árabe, y en tomarte todo el champán que trajeron los tíos; luego, medio borracho, te haces el valiente delante de los sobrinos menores reventando los cohetes más temerarios en el jardín; y te vas a dormir a las 2, tumbándote en la cama sin quitarte la ropa.
Esta Navidad, como decía al inicio, será la segunda que pase sin novia, y es ocasión perfecta para ––con algo de masoquismo–– recapitular los años verdes y recordar los mejores regalos que mis novias me dieron en el pasado.
De todos los que recibí recuerdo especialmente uno, cuya característica común es que no fueron comprados, sino creados por ellas mismas, en un arrebato de originalidad que desde aquí les agradezco.
El primero que viene a mi mente es una camisa que V me regaló en la Navidad del 99. Lo bonito fue que ella la confeccionó. Su mamá le había enseñado a coser a máquina y ella me la entregó en una caja, pidiéndome que no la abra hasta las 12 del 24. Ignoro cuántas noches le tomó terminarla, pero fue una sorpresa brutal cuando abrí el paquete y la encontré: era azul, de manga corta y llevaba un bolsillo a la altura del corazón. Además, me quedaba pintada. Cuando ella terminó conmigo, la camisa pasó a convertirse en una suerte de trofeo: nunca más me la puse, pero me fue difícil desprenderme de ella. Un amigo malvado me sugirió convertirla en trapeador, pero preferí esconderla hasta que las polillas la dejaron hecha jirones.
Con este post, acaso el último del año, cierro la temporada 2007 y les deseo una feliz Navidad a todos los lectores que, voluntaria o involuntariamente, cayeron por este blog que lleva nueve meses de nacido. A los emparejados, pero sobre todo a los solitarios que, como yo, se debaten ante las ganas de estar con alguien.
Ya me contarán si acertaron con los regalos que compraron y si disfrutaron lo que buenamente les tocó. A ver si esta vez Papá Noel se deja de mariconadas, y en lugar de cachivaches de aseo personal me trae una novia guapachosa que me aguante y que me quiera.



juan dijo
aja buscando novia, buena suerte espero que lo halles pronto..
18 Enero 2008 | 05:00 PM